Hablando de cambios, mi mejor amigo cambia radicalmente de vida. Se va de la ciudad, del país. Con su novia, su coche y poco más; a empezar de cero, lejos, cerca del océano de nuevo, pero mucho más al norte. Además de quererle un montón, le envidio, de una forma sana, de esa forma que casi nunca se envidian las mujeres. Qué poco me gusta el género femenino. Salvo unas cuantas excepciones, claro. A ellas no las cambiaría por todos los chicos del mundo (si estás leyendo esto, formas parte del lote). En un par de días se van de la ciudad, decía –me cuesta a veces seguir el hilo, pienso demasiadas cosas a la vez, y tengo la necesidad imperiosa de expresarlas de golpe–. Hoy he estado con ellos, y con otros viejos amigos. A estos últimos me siento un poco más ajena. Es algo que hace unos años hubiera jurado que jamás llegaría a pasar. Hubiera puesto la mano en el fuego. Pero algunas cosas que creemos inmutables también cambian. Y ya quedan pocas de las que estoy totalmente segura.
Me apetece seguir escribiendo, y podría seguir toda la noche. Como decía Haro Ibars, "tengo un rollo interminable"... pero lo dejo por hoy. No por cansancio, por pereza. Sigo siendo una perezosa incorregible. Eso no cambia.
Y aunque llega el otoño, estoy un poquito obsesionada con este precioso himno de invierno que dedico a los que se van. Espero escucharlo pronto también en Irlanda:
No hay comentarios:
Publicar un comentario