sábado, 17 de octubre de 2009

Roger

Martes, 29 de Septiembre de 2009 18:57
written by my dear, escrito por mi querido...


Roger Wolfe
 

Mortales envueltas

Llevo décadas observando a la gente, observando a los demás. ¿Me fascinan? Creo que no. Creo que lo que busco en su interior es el reflejo de mí mismo; un reflejo de mí mismo. Y no lo encuentro. Llevo años intentando meterme dentro del cráneo de los demás; dentro del corazón, del hígado, de los pulmones, de los órganos sexuales, de las vísceras de los demás, del Otro. Y no lo consigo. Es imposible conseguirlo. Al mismo tiempo, se trata de un afán de romper la cárcel de mi propio cuerpo. Al pobre Burroughs le pasaba algo parecido; por eso le entiendo tan bien. La empatía. De eso se trata. De sentir el dolor de los demás; si es que se puede. Pero nadie puede sentir el dolor de los demás. Ni padre ni madre, ni hijo ni hermano, ni hermana ni hija ni abuelo ni tío ni sobrino, carne de la carne, sangre de la sangre, cristo bendito que lo fundó. Como para intentar meterse en la mortal envuelta de alguien con quien no se tengan lazos de sangre.

Dos personas llevan juntas veinte años y no se conocen más que por el nombre. No se conocen de nada. Se asesinan mutuamente con miradas secretas, el uno a espaldas de la otra, la otra a espaldas del uno, la una a espaldas de la otra, la otra a espaldas de la una, el uno a espaldas del otro, el otro a espaldas del uno, y así sucesivamente hasta el día del Juicio Final, sin que ninguno de los dos sospeche hasta qué letales profundidades puede llegar a hundirse el desafecto. Recuerdo ver a Laing en televisión, en los años ochenta, diciendo en una entrevista que somos tan ingenuos que pensamos que porque haya lazos íntimos entre la gente eso impide la manifestación implícita o expresa de los más bajos instintos, de las más brutales tentaciones, de los más funestos deseos, de los más atroces e inconfesables malquereres que uno pueda imaginar entre dos personas. ¿Quién, de niño —¡ya de niño!— no deseó matar a su padre alguna vez? ¿E incluso le dio muerte en su imaginación? ¿Qué mujer no ha deseado ver comido por los gusanos, en algún momento, a su marido? ¿Qué marido no ha deseado ver colgada de un poste de telégrafos a su mujer? Todo eso está ahí. Somos eso. Como esa figura de la mitología griega que asesinó a todos sus hijos; no recuerdo el nombre, y no tiene la menor importancia. Existe una cosa que afecta mucho a las mujeres y que se llama algo así como depresión postmaternal (¡no! ¡Ahora me acuerdo! Lo llaman —obviamente— depresión postparto): madres que asfixian con una almohada a sus bebés recién nacidos, o les retuercen el cuello, o los tiran por la ventana más cercana. Sin duda le han puesto también algún otro nombre; síndrome de esto o de lo otro. Qué más da. ¿El viejo Freud? Bueno, tampoco soy experto en la materia, pero por lo poco que he leído suyo y sobre él, aquí y allá, y lo que flota desde hace más de un siglo en el légamo heredado de nuestra historia intelectual reciente, yo no me daría tanta prisa en dejarlo visto ya para sentencia para siempre: la cópula eterna de Eros y Thanatos es una impepinable realidad. ¿Qué cómo o por qué lo sé? Porque leo en mí mismo como en un libro abierto. 

Y ahora no recuerdo lo que iba a decir. Hoy, por cierto, es Sábado de Gloria. Guardemos, por favor, unos minutos de silencio. Mañana honraremos la recién resucitada carne de Jesucristo Nuestro Señor.

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